KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

En el imperio de las apariencias

 

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Fotografía de Rodrigo García

Soy y una “semi-desconectada”. Una especie de “rara avis”. Un híbrido que usa las redes sociales por obligación, pero mi verdadera felicidad empieza cuando apago la computadora de mi oficina y me dedico a seguir con mi vida real, a ser yo misma.

Dejé de usar telefonía móvil en un momento crítico de mi vida y desde entonces la gente me mira con extrañeza cuando les confieso que sobrevivo sin tener celular. Al enterarse de mi rareza, la gente me insiste que poseer un móvil es indispensable en esta era de la tecnología, una herramienta de trabajo, incluso me han insinuado varias veces que soy un ser anticuado con hábitos del siglo pasado. Lo que no saben es que sin ese aparato mi vida se ha enriquecido y hasta creo que soy más feliz. Entre los beneficios de mi anticuado estilo de vida, tiene que ver con que organizo mejor mis prioridades, mi tiempo, mis recursos y vivo el presente en modo “normal”, sin distraerme de mis objetivos para ese día. Mi cabeza vive el presente y eso lo agradezco.

Para comunicarme, no necesito mucho. Simplemente uso lo que llamo la tecnología obsoleta: el chat, el correo electrónico y  la telefonía fija de la oficina. Y como sé que tengo muy mala memoria, tengo a mi disposición la infaltable, pero también arcaica, agenda de papel donde anoto a mano: nombres, fechas, horas, lugares, notitas y listas variadas. De este modo sé que, cuando mis horas de trabajo en la oficina se acaban, puedo darme el lujo de no estar pendiente ni estresada por asuntos que se pueden resolver al día siguiente, por lo tanto disfruto del tiempo que resta del día.

A pesar de ser una anticuada, coordino muy bien mi tiempo y mis compromisos, y casi siempre llego puntual al lugar señalado con la seguridad de que encontraré a las personas citadas. Creo que es cortés y hasta de buen gusto continuar con esa buena costumbre de llegar en un tiempo prudencial a una cita o reunión, como también lo fue enviar con tiempo anticipado tarjetitas de invitación para algún evento. Yo todavía extraño que alguien se tome la molestia y la cortesía de escribir mi nombre a mano en una tarjeta para que asista personalmente a su boda, a un cumpleaños, a una recepción social. Siempre suspiro con nostalgia cuando la invitación fue enviada en un frío y despersonalizado e-mail masivo.

Aunque no ocupo reloj de pulsera, siempre encuentro el modo para calcular el tiempo. Está el sol, el clima, los relojes de pared, las alarmas de mi reloj de mesita de noche. También encuentro los relojes en mil pantallas, en taxis, en el transporte colectivo y hasta en la radio, la televisión y en campanarios de las iglesias. Y muchas veces el tiempo se congela en tickets de estacionamientos, supermercados, farmacias y almacenes.  En todos los lugares que miro, hay un reloj. Y si todo falla, pues está la oportunidad de mirar disimuladamente la muñeca de otra persona y preguntarle con cortesía la hora. Casi siempre sacan un celular, aunque tengan reloj pulsera y eso me causa risa. Me recuerdan a genial Cortázar cuando dice en Historia de crónopios y famas que no te regalan un reloj, tú eres el regalo del reloj. Ahora, esa bella metáfora cortesiana, se puede aplicar muy bien con los celulares que se ha convertido en la nueva forma de control moderno y de esclavitud voluntaria.

Eso no fue todo.  Me atreví a más. Cerré con broche de oro mi acto de suicidio social, solo para conseguir con un estilo de vida más autentico y coherente. Entonces renuncié al internet residencial y al cable. Así que lo sustituí por medios más normales: para enterarme de lo que sucede en el mundo, miro los noticieros televisivos en señal abierta y leo el periódico en papel que el vecino me presta por las noches; para ver películas y series completas, compro los discos y uso el DVD donde puedo congelar la imagen en el momento que quiera sin perderme los detalles de la historia; para leer un libro electrónico y escuchar música de libre circulación, lo bajo a una memoria extraíble en formato PDF y MP3 para luego disfrutarlo en la computadora de mi casa; y para enterarme de la vida de los demás… bueno, están los cafeterías sin servicio de red inalámbrica donde generalmente nos encontramos para platicar.

Conversar con alguien en un café me resulta inigualable y mágico. Es agradable y un alivio dejar por un momento la vorágine de información de gira en las redes sociales y las brillantes pantallas que cada día nos invaden. No me preocupo de atender una llamada sorpresiva o urgente, ni de revisar mensajes o actualizaciones. Eso lo dejo para después, porque todo es más simple cuando me dedico por completo a escuchar a mi interlocutor. Me parece que muchos han olvidado que la gente necesita hablar viéndose a los ojos, que las confidencias son más sinceras en persona, porque en las redes sociales no puedes ventilar cosas íntimas. En la red, la dinámica comunicativa gira de otra forma y los mensajes se interpretan de múltiples maneras. Un mal paso puede dejarnos en posiciones comprometedoras sobre nuestra la imagen personal, o construir falsas expectativas de lo que realmente somos.

Dicen que internet no miente, pero la experiencia me ha enseñado que el internet es un agujero negro donde cabe todo, y cuando hay de todo también existe la posibilidad de encontrarte con el peligro y el engaño. La vida real es ya demasiado complicada como para soportar vidas fingidas e información manipulada. Por más que queramos ser genuinos, siempre caemos en las apariencias y en lo falso.

Pero no lo niego. Internet es un lugar maravilloso para comunicarse, informarse, compartir y aprender. Solo que, a veces, lo tradicional no deja de ser la mejor opción en algunos casos. Ninguna selfie puede sustituir el calor, la textura y la brillantez de una verdadera sonrisa, o enturbiar la belleza del sol ocultándose en el paisaje lluvioso. Llámenme anticuada. Total que la elección de cómo vivir es personal.

Postdata:

Y si usted ha llegado aquí, leyendo entero este post de más de mil palabras, felicítese y escriba un comentario. Ya casi nadie se esfuerza en leer blogs.

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2 comentarios el “En el imperio de las apariencias

  1. Yessenia
    31 julio, 2017

    En realidad tiene razon…

    Le gusta a 1 persona

  2. RAMON MELENDEZ QUINTEROS
    14 agosto, 2017

    Pues sí, lo leí completo y me identifico bastante con esto, aunque la lejanía de mi país me obliga a estar conectado a este mundo electrónico, cuando estoy allá también me convierto en un desconectado! Saludos, excelente artículo!

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Esta entrada fue publicada en 31 julio, 2017 por .