KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

Un corazón cargado de pájaros

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Krisma Mancía con su libro “Nueva cosecha”. Fotografía por Eliana Marroquín.

Por Krisma Mancía

El Festival Internacional de Poesía en Costa Rica realiza la loable tarea de convocar por una semana entera el milagro mundial de la palabra hecha carne, y la descentraliza por todas sus venas. Es la belleza lo que ama Costa Rica, es el amor a la palabra quien la sostiene y yo fui testigo de ese amor.

¿Puede Costa Rica enorgullecerse de su Festival Internacional de Poesía? Es evidente que sí. Muy pocas organizaciones son efectivas en tantos detalles y en el manejo de sus recursos. La visión es la calidad. La riqueza es su generosidad. La misión es salvar el alma de los desesperados y darle sentido a la vida. Es la poesía el arma contra tanta incertidumbre en la tierra y es capaz de devolverle algo que a menudo perdemos: la esperanza.

Lo confieso: yo estaba perdiendo la esperanza y la cordura. Desde el cómodo sillón de mi estudio, esperaba una señal, alguna luz que me indicara que no era la única que amaba esta locura de seguir escribiendo versos en un país donde la violencia nos transforma en animales famélicos y deshabitados. Solo con la poesía me escudaba y en su sombra me protegía. ¿Habrá alguien que hace lo mismo?, me preguntaba en esos días donde la soledad era fuerte. El mapa de mis iguales y la lista de mis referentes era demasiado corta. Había perdido el rastro de la poesía.

Y cuando todas las luces de mi casa se apagaban, surgió esa luz mágica que muy pocas veces se presenta. La señal fue lanzada al cielo desde Costa Rica por la Paola Valverde que me invitaba a su país. No lo pensé dos veces. Saqué los pasaportes. Preparé el viaje con cautela sigilosa y hasta supersticiosa. Pocos sabían de mi viaje y que mi hija me acompañaría en esta aventura como una cómplice ideal, como mi mejor poema. Siendo madre de una niña de 12 años era importante que fuera testigo de la magia de esos eventos y no me importó dormir un día antes en casa de mi amiga poeta, Lya Ayala, que me despidió con bendiciones para que tuviera la fuerza de viajar por casi 24 horas sin parar dentro de un autobús, pasar 3 fronteras, cargar con 2 bolsones y 1 maleta. Sabía que el tesoro estaba al final del arcoíris.

Cuando llegué a la estación de Costa Rica, Paola y Dennis Ávila me esperaban. El primer regalo que recibí, en esa medianoche del 30 de septiembre, fue la colección completa de la Fundación Casa de Poesía 2016, donde estaban editados todos los poetas invitados en el XV Festival Internacional de Poesía en Costa Rica. Dennis había trabajado incansablemente conmigo, por chat y por correo electrónico, mi libro Nueva cosecha, y cuando me lo entregó fue como tomar con ternura mi tercer hijo literario después de 10 años sin publicar. Uno envejece escribiendo libros, pero rejuvenece cuando ya son tangibles, cuando ya no te pertenecen, cuando ya son fuertes y pueden correr con sus propias piernas hacia los brazos de alguien más. Y allí estaba mi pequeñín amado con mi fotografía en la portada, con mi nombre junto al suyo. Yo sé que la maternidad no se niega. Soy responsable de ese hermoso engendro, pero siempre diré que Nueva cosecha me lo regaló Costa Rica. ¿Qué festival de poesía te halaga con la edición de un libro? Quizá es uno de los gestos más hermoso que un poeta puede soñar. Editar un libro en cualquier lugar del mundo es una proeza. Norberto Salinas y Dennis Ávila hacen caminar esta idea y gracias a esta visión ahora Costa Rica tiene un registro único de las diversas voces poéticas del mundo. ¡El mapa codiciado de la poesía!

El programa estaba nutrido, pero con experiencias satisfactorias. En general, a los poetas nos invitan a leer poesía y los poetas acudimos a esa encomienda con una sonrisa amplia. Casi no dudamos en compartir la intimidad anterior que convierte una idea en un poema, porque es un acto casi fetichista, casi desnudismo, casi exhibicionista. Un poeta lee en el podio ante un auditorio y se desnuda el alma. Compartir su voz con los demás es un momento mágico.

Inauguramos el sábado primero de octubre en el Edifico Metálico de Escuela Buenaventura Corrales, un centro educativo hermosísimo donde su auditorio se alborotó. Mis ojos casi miopes calcularon un promedio de 200 almas sedientas de poesía. Al día siguiente se nos llevó a Paraíso, en la provincia de Cartago, donde se nos recibió con festejo. El lunes conocimos el centro histórico, almorzamos en el Mercado Central y por la noche se realizó la entrega oficial de nuestros libros en el Teatro Arnoldo Herrera del Conservatorio de Castella (una institución pública que me impresionó por su modelo educativo, pues tiene como objetivo la enseñanza de las  diferentes disciplinas artistas en estudiantes de primaria y segundaria sin descuidar las materias básicas y obligatorias), y finalmente cenamos en el elegante Club Unión. Pero en Costa Rica la poesía no se queda centralizada ni se queda estática en un lugar. Luego los poetas fuimos distribuidos por otros tres días en las provincias donde se encuentran las sedes del Festival. Me tocó viajar a Nicoya en la provincia de Guanacaste, a unos 200 kilómetros aproximadamente de la capital. De la mano de mi anfitrión, César Barrantes,  leí mi poesía y compartí experiencias de vida en 4 lugares diferentes: dos centros escolares, un hogar diurno para adultos mayores y en La fulana cosa que es un restaurante de lo más precioso. Regresé de Nicoya a San José con el corazón cargado de pájaros, mar y nuevas energías para clausurar el Festival en el Instituto de México. Después de toda una semana intensa, los organizadores cerraron con broche de oro: viajamos al Hotel Laguna Lodge, en Tortuguero, para realizar la última lectura de despedida con todos los poetas del festival: invitados, organizadores y representantes de cada sede, pues este viaje es una donación del poeta Rodolfo Dada, con el único objetivo de que todos los trabajadores de la poesía durante esta semana intensa tuvieran la oportunidad de conocerse a plenitud. Un viaje alucinante, ¿no?

Una poeta guatemalteca, Carmen Lucía Alvarado, comparaba el FIPCR como un premio. “Ser invitado a este festival es como ganarse un premio”, insistía. No era de menos. La calidez de su gente, la belleza de su país, el despliegue de talento y su enorme esfuerzo en la organización hacen del FIPCR una experiencia memorable.

Todo esto no sería posible sin patrocinio generoso de las diferentes instituciones y empresas que contribuyen con este tipo de eventos. Saben que a través de ellos hacen crecer el espíritu saludable de Costa Rica. Y aunque la idea de un festival internacional de poesía parezca tan elitista e intelectual, tan aburrida e innecesaria, ellos saben que a la larga vale la pena apostar por este de tipo alimento para alma porque nos hace más libres y felices, más humanos y completos, más críticos y sensibles para enfrentar la vida con valor, honor y justicia.

¡Muchas gracias Festival Internacional de Poesía de Costa Rica por recibirme y cuidarme!

¡Muchas gracias Costa Rica por amar la poesía!

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Esta entrada fue publicada el 28 octubre, 2016 por en Uncategorized.