KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

Una vida menos truculenta

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Autorretrato.

Por Krisma Mancía

Cuando supe que alguien había abortado un feto de seis meses de gestación en un baño de una escuela, sentí como si un pedazo de mundo se hundía. Pensé en la miseria del ser humano, en la cárcel y en los años de juventud que son pocos. Luego escuché atentamente las opiniones de otras mujeres. La noticia se extendía como un pulpo y sus tentáculos transformaban lo sucedido. En la calle dos mujeres comentaban con escándalo que la acusada estudiaba en un colegio de señoritas de bien. ¡Y en un colegio de señoritas!, exclamaba una. ¡Ingrata!, escuché de la otra.

Me imaginé con 18 años, lapidada y sin Dios. Imaginé el dolor y la desesperación, la locura y el miedo bajo de una lluvia de adjetivos crueles. Imaginé una historia. Trágica y violenta. Donde describiría que las mujeres de mi país no lloran como deberían llorar. El llanto es para adentro. Por eso llega la sequía y se mueren los animales. Y de pronto, la belleza envejeció a mis pies. Escribí un poema. Lo borré. Escribí otro poema y cada vez las imágenes era más brutales. Cuando por fin creí que había conseguido condensar la historia en pequeñas señales de luz, el horror erizó mi piel. Supe que no era suficiente.

¿Qué es justo?, pensé. Otra vez me miré con 18 años. Cuando tenía 18 años no poseía nada. Me gradué de bachillerato sin saber qué sería de mí. Estaba desesperada por independizarme de mis padres y un día decidí que saldría de casa para conseguir trabajo. Me creía fuerte, inteligente, joven… ¿Qué podía perder? El mundo me pertenecía. Sin embargo, afuera de casa las reglas eran diferentes. Casi terminaba noviembre y las fiestas de fin de año ya se respiraban. Apliqué a una vacante que anunciaban en el periódico. Llamé y concerté una cita con la empresa. Se me dijo el lugar, el día y la hora exacta para mi entrevista, pero no me dieron mayor detalle de la clase de trabajo. Llegué puntual. Mis padres siempre me exigían llegar temprano. “Es de buena educación y de respeto llegar a tiempo a cualquier cita”, decía mi padre. Llevaba mis mejores zapatos y un vestido modesto. Llevaba poco maquillaje y el pelo bien peinado. Llevaba mi hoja de vida casi vacía y mi cédula recién sacada de la alcaldía. Salí de casa sola y sin mayores explicaciones a mis padres. Me subí a un bus, luego a otro y por fin encontré la oficina de la empresa. Era una casa particular. Toqué el timbre. Se abrió automáticamente. Entré. Para mi alivio, allí se encontraban aproximadamente otras 20 personas candidatas al mismo puesto. Nadie llevaba hoja de vida y me sentí apenada de ser la única. Sentada junto a los demás esperé a que el proceso iniciara. Le pregunté a la chica que estaba a mi lado en qué consistía el trabajo y me respondió que también lo ignoraba. Pensé: ¿y si es algo ilegal? Me imagine vendiendo drogas, bailando desnuda frente a la mira agreste dos hombres obesos, o quizá descuartizada por un grupo de asesinos que venderían mis órganos y echarían mi cuerpo vacío a un barranco para ser descubierta por casualidad. Mis padres sufrirían viéndome en la morgue, pensé. Mi hermana usaría mi habitación, rabié. Todos esperábamos en el estacionamiento de esa casa cuando por fin salió un grupo de jóvenes junto a un tipo más maduro. Los jóvenes no dejaban de moverse y eso me resultaba tan sospechoso. El hombre maduro dijo que su empresa se dedicaba a las ventas y que esos jóvenes que se movían tanto era su equipo. “Estos chicos están ansiosos de vender. Miren cómo se mueven. Saben que afuera está la plata. Afuera están los compradores y lo que harán es convencerlos. Ellos irán de casa en casa porque saben que nuestros clientes necesitan nuestros productos para el hogar. Mis chicos ganan más que un empleado en una fábrica, ¿verdad?”, dijo con voz emocionada a una de chica que respondió a gritos: “¡Sí, señor!”. Me quedé asombrada. Luego nos explicó en qué consistían los productos: cacerolas, maletines, vasos de plástico, juegos de vajilla… Esas cosas absurdas iban desfilando frente a ojos de los nuevos aspirantes a vendedores. Prosiguió diciendo la técnica para vender esos paquetes de ofertas y cómo hacían creer a los compradores que los adquirían en promoción. Después de una hora de escuchar al tipo, éste finalizó diciendo que si éramos valientes e inteligentes íbamos a querer ser parte de su equipo, que nos esperaba al día siguiente y volvió a entrar con los chicos a la casa. Nos quedamos en el estacionamiento donde firmamos una lista, se nos abrió el portón y se nos despidió. Ese día volví a casa confundida. ¿Iría otra vez a ese lugar? Ese tipo había tocado una fibra sensible en mí diciendo que solo los valientes e inteligentes volverían al día siguiente. Le comenté a mi madre que regresaría para ver realmente en qué consistía. Regresé, pero también habían regresado otras personas. En total regresábamos cinco. El tipo que nos explicó el día anterior en qué consistía su empresa, nos saludo con un apretón de manos y una sonrisa. “¡Esos me gusta! ¡Gente decidida a ganar mucho dinero!”, dijo y nos distribuyó en los pequeños equipos de vendedores. Yo no llevaría nada esa vez. Era mi primer día y solo acompañaría a mi tutor asignado para observar cómo se realizaba las ventas. Ese día no recibiría pago, pero tendría que pagar mis pasajes y mi alimentación. Miré cómo ordenaban la mercancía en grandes maletas y se las subían a sus espaldas como si fueran falsos chicos boy scout cargando su campamento. Salí con mi tutor y con otras dos personas que vestían con ropa cómoda, zapatos deportivos y equipados con botellas de agua y gorras. Yo no iba tan preparada. Subimos a un bus, luego a otro. “La gente aunque diga que no tiene dinero, es mentira. La gente siempre tiene dinero”, dijo mi tutor. Era un tipo alto, demasiado moreno y serio. La otra chica del equipo, me preguntó mi edad. Se lo dije. “Tenés la edad de mi hermana, si todavía viviera”, dijo. Miré el amarillo viejo de sus globos oculares. Me pareció como si hubiera llorado toda la vida y desvié mi mirada a sus brazos. Tenía cicatrices que eran increíblemente blancas, saltaban de su piel morena y requemada por el sol, como si hubiera tratado de suicidarse mil veces. No pregunté nada. Solo sospeché lo peor. “Ojalá te quedés”, dijo y me invitó a una taza de café cuando bajamos del bus. El otro chico que nos acompañaba se llamaba Raúl y caminaba con un optimismo contagioso. Bajito y también moreno, me decía: “Este día nos irá bien. En esta colonia nadie ha venido. Fíjate bien cómo hacemos la venta. Un día vendí todo y tuve una gran comisión. Tal vez vos también hagás una gran venta hoy. Tomá. Las mujeres siempre compran vasos de vidrio, si no ceden les ofrecés estos cubiertos como regalo, y si la venta es dura luego enséñale ésta cacerola o éste pichel… ¿Entendiste?”. Anduvimos todo el día bajo el intenso sol. Tocamos las puertas, casa por casa. Los perros nos ladraban. Algunas puertas jamás se abrieron. Algunas personas nos atendían con amabilidad, otras nos ignoraban. Mi tutor logró realizar una venta. La chica y Raúl también. Yo solo me quedé en el intento. “No te preocupés. Solo te falta práctica para llegarle al cliente. Vas a ver. Lueguito vas a vender más que los tres juntos”, dijo mi tutor en plan de consuelo. Regresé a casa. Eran las siete de la noche. La casa estaba sola. Me encerré en mi habitación y lloré. Lloré todo lo que no pude llorar en todo el día hasta quedar dormida. Tenía tanta sed, hambre, cansancio y frustración. Miré mi piel. Estaba levemente quemada por el sol. Llorando, juré que no iba a permitir darme una vida así, que ese no era el destino que deseaba, que debía haber algo mejor para mí, que me merecía otro futuro, y me prometí nunca tener un trabajo como ese… Tenía 18 años. Quiero creer que el destino quiso que las cosas giraran de una forma diferente, o quizá dejé que mi tenacidad y terquedad prepararan el terreno de mi futuro.

Recordé que dos años antes había tenido un novio que me llevaba 10 años de diferencia. Ganaba muy bien como agente de la policía y su carrera iba en ascenso. Me consentía en mis caprichos hasta el extremo: regalos, salidas a cualquier parte, ropa, etc. Salíamos frecuentemente y luego de unos meses me propuso matrimonio. “¡Tengo 16 años! ¿Dónde viviré contigo? ¿Dónde estudiaré?”, le dije. Lo tenía rendido ante mí. Semidesnudo, sujetaba mis rodillas con sus manos e inclinaba la cabeza para besar mis pies. Me decía llorando que viviría con él, que nos fuéramos lejos, que estudiaría cerca de nuestra propia casa, que se encargaría de mí, que me cuidaría, que tendríamos hijos y seríamos felices. De pronto, visualicé una vida vacía y sin mayores aspiraciones ni matices. Tomé tiernamente su rostro con mis manos, mientras me arrodillaba junto a él, lo miré a los ojos con cariño (quizá diría que con perversidad de una serpiente), afilé mi voz de niña caprichosa como una daga venenosa y le dije con firmeza: No-quie-ro.

Me vestí rápidamente para salir del motel y él corrió detrás de mí tratando alcanzarme —ese día y los seis meses después— hasta que entendió que podía arruinar su vida solo con decir la verdad: él cometía estupro y acoso (y yo sabía perfectamente qué significaban esas palabras). ¡Tenía 16 años!

Quizás ceder o huir ante la tentación de un futuro equivocado es cuestión de actitud. Yo corría. Yo olía el peligro. No sabía muy bien de qué huía, pero sabía que para mí había algo más que ser una simple ama de casa, o una amante perpetua, o una madre frustrada frente a los biberones y los pañales. Cinco años después me lo encontré en una parada de buses, afuera de la universidad, después de despedir a mis compañeras que abordaron otro bus. A pesar de la oscuridad de la noche, nos reconocimos. No sé por qué pensé que había seguido mis pasos por varios días hasta decidir hablarme. Me contó que ya era Teniente, que se había casado, que vivía en la casa que me había prometido y que tenía una hija de dos años, pero que aún no conseguía olvidarme. Yo le conté solamente que estudiaba en la universidad y que aún vivía con mis padres. No tenía más que contarle y me despedí de él procurando que esa noche fuera la última vez que lo vería.

¿Qué es justo?, pensé. Hay adolescentes que no tienen la educación sexual que yo tuve, de la que puedo decir que no me avergüenzo. No me la dieron totalmente mis padres, ni tampoco la escuela. Mis padres se sonrojaban con solo pensar que su hija no pudiera ser virgen y me amenazaban con echarme a la calle si deshonraba nuestra casa. Mis maestros preferían esquivar las preguntas antes de disolver las dudas. En clases se hablaba de métodos anticonceptivos, de la anatomía humana, de las células reproductoras y órganos sexuales, de las enfermedades venéreas, las fases de gestación, de los tipos de aborto como simples contenidos de información para evaluarse en los exámenes, pero nunca hablaban de sexo, de relaciones íntimas, de coito y de toda es bella terminología que la gente mayor, puritana y de doble moral esconde. Eso era vetado por el pudor. El mecanismo del coito, de la sensualidad o del amor lo descubríamos sin usar esa información. Si en la adolescencia mis padres no hubiera permitido que perteneciera a un grupo de teatro donde se trabajaba con jóvenes en la prevención de VIH y que me proporcionaron la formación inicial sobre Género; si nadie hubiera entendido mi amor por la literatura y al arte, que era lo único que le daba una noción a mi existencia, creo que mi vida se contaría de otra forma. Una vida un poco más truculenta como se pronosticaba que sería. Sí, quizá nunca hubiera planificado mi vida. Quizá en la adolescencia hubiera tenido un “desliz” y quizá, por miedo, hubiera cometido las peores atrocidades que se puedan imaginar, y quizá no hubiera ido a la universidad, esperado pacientemente enamorarme de verdad, escrito libros, tenido un hermosa hija. Quizá, por sálvame, hubiera mentido, huido, matado, callado, robado, escondido en un tanque de agua los errores que la perversidad te incita a cometer, y de todas esas cosas que los jóvenes hacen cuando no hay nadie que los escuche, y los guíe, y les brinden otras alternativas para resolver sus problemas. Quizá, por aburrimiento, me hubiera drogado, alcoholizado, prostituido, suicidado, dejado que me explotaran en varios sentidos y todas esas cosas que una adolescente hace para gritar que necesita ayuda, para decir que necesita entender y diferenciar la belleza de vivir de la crueldad del mundo… Entonces, dime tú: ¿qué es justo?

Artículo publicado por primera vez el 23 de agosto de 2016 en el Diario Digital ContaPunto.

*Este relato es responsabilidad de la autora y puede estar basado en la realidad como también en la ficción. Sin embargo, si alguien se siente ofendido puede lanzar libremente sus dardos envenenados al espacio de comentarios. También me avisan si quieren hacer fogatas medievales dentro de mi casa para llamar a tiempo a los bomberos y salvar mis escobas.
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Esta entrada fue publicada en 7 septiembre, 2016 por en Uncategorized y etiquetada con .