Krismática

Breviario de Krisma Mancía

Los tesoros de otros poetas

373ea74605946044385da1e9841ad3d5Por Krisma Mancía

Una tarde de domingo, Rafael y yo, nos pusimos a discutir sobre identidad nacional poética y el lenguaje universal de la literatura. Un tema apasionante como todo lo que discutíamos en la mesa del comedor. Rafael comenzaba con el proyecto de La Casa del Escritor y me atiborraba de libros a morir. Esa tarde me preguntó qué había aprendido del libro “Todo el códice”, de Roberto Cea, que acaba de terminar. Le dije con todo franqueza que la identidad poética del escritor se hallaba profundamente ligada a la tradición y a las raíces nacionales, que me parecía que los salvadoreños no terminaban de escribir sobre lo mismo, que la literatura salvadoreña se reconocía por esas características del lenguaje,  pero que la riqueza de las imágenes era impresionante porque creaba un génesis de un mundo. Guardó silencio. Quizá reflexionando de lo que le acaba de exponer. Me dijo que lo esperara un momento y fue a la biblioteca. Regresó con un libro. “No mires de quien es este libro y escucha”, me dijo. Empezó a leer unos poemas y cuando terminó me preguntó si podía reconocer la nacionalidad del escritor. Le respondí que no. Siguió leyendo otros poemas. Yo me moría de la curiosidad de saber quién era ese poeta. Le pregunté si era mujer y me respondió que no. “¿Es griego?”, pregunté con toda ingenuidad y Rafael lanzó una carcajada. “Pos, nop. ¿Por qué crees que es griego?”, remató. “Porque habla de cosas griegas, de personajes griegos, de barcos, de guerras…”, dije. Siguió leyendo dos poemas más, ignorando mi respuesta desatinada. Aquello era una tortura. Me parecía hermosísimas las metáforas, me impresionó la forma de expresar las imágenes con un lenguaje limpio, certero, simple y con ese aliento de añejo combinado con lo nuevo. Cuando terminó de leer, me preguntó qué me había parecido. Yo me puse nerviosa. Sabía que la discusión sobre el lenguaje poético iba a terminar en la lección de que antes de hablar tenía que saber más. “Mira quien es”, dijo y me entregó el libro como si me entregara un caramelo. Lo primero que leí fue el titulo del ejemplar. Algo simplista, para mi gusto. Luego leí el nombre del autor. No lo reconocí. Continué con la contraportada y supe que era salvadoreño. “¿Entendés por qué el lenguaje poético no es exclusividad de los escritores extranjeros?”, finalizó la lección. El libro se llamaba “Comarcas” y lo había escrito Miguel Huezo-Mixco, que meses después Rafael me lo presentó en una oscura oficina gubernamental. No recuerdo si lo saludé. Estaba nerviosa de conocer por primera vez a poeta de verdad. Yo sólo era una aspirante a ser poeta y él ya lo era. Luego, fueron pocas las veces que nos encontrábamos con Miguel. Quizá fue en la segundo encuentro –en la barra de la Luna, Casa y Arte– donde me dijo un secreto poético que atesoro con mucho aprecio: “Hágale caso a su propio aliento en el verso. Deje que el verso respiré como usted lo hace”. Me dejó pasmada. Nadie me había dicho semejante cosa. Hasta el día de hoy, ese consejo aún sigue vigente en lo que escribo.

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Esta entrada fue publicada en 22 mayo, 2015 por y etiquetada con , , .