Krismática

Breviario de Krisma Mancía

Pasado, presente y futuro

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Fotografía vía Pinterest.

Por Krisma Mancía

Los gatos tienen nueve vidas, y como me asemejo a esos animales, diré que estoy lidiando con mi segunda existencia. Hay muchas cosas que extraño de mi vida anterior porque no tenía responsabilidades maternales y te das cuenta que cuando los niños vienen al mundo las cosas se complican, empieza la labor maternal, la etapa de crianza y la educación.

Visto de un modo comparativo los humanos somos más inútiles que los animales. Los humanos lidiamos más tiempo con las crías. Mientras que un león deja a los tres años de ser un cachorro y está listo para vivir independiente, nosotros (la raza humana) a esa edad estamos aún en el proceso del aprendizaje básico del lenguaje y somos completamente dependiente de los adultos. Se puede decir que tenemos un ritmo de aprendizaje muy lento frente a este tipo de felinos, pero de igual modo tenemos una vida más larga, una inteligencia cognitiva superior y un sistema social más complejo que ellos. La ley de la vida humana es una burla: entre más evolucionada este la civilización en la que vivimos, más información se debe procesar, más datos se deben comprender para sobrevivir y es la de nunca acabar.

Las bisabuelas, que son siempre la sabiduría pura en bandeja de plata, tienen esa la dichosa frase de que antes la vida era simple y sencilla, aplicándola a la crianza de los niños, a las relaciones matrimoniales y a economía hogareña. Claro, que para esa época (hace cien años) las costumbres, y sobre todo las buenas costumbres, eran rígidas y poco democráticas. La única ley que existía era nacer, crecer, reproducirse y morir. Tan simple y sin tantos obstáculos. La educación era casera: las mujeres a se les instruía en el cuido de hogar y a los hombres se les enseñaba el oficio del padre. Aprender a leer y a escribir era una cosa curiosa y para la gente culta y adinerada. Es difícil creer que pocas personas leían y que no se habían inventado la radio, los televisores o las computadoras. Una vida inimaginable en la época actual donde una persona puede ir sin pena ni gloria a un supermercado y comprar un pollo desplumado, limpio, desmembrado, fresco y en bandejita; donde nos conectamos por Internet para chatear con otra persona a miles de kilómetros de distancia y nos informarnos de las últimas noticias internacionales en el momento; donde los niños prefieren ver televisión en cable y mirar “La Sirenita” por el canal de Disney como si fuera la primera vez sin tener que ir al cine como lo hicimos nosotros en su momento; donde pedir una pizza es de sólo cuestión de levantar el teléfono, marcar, esperar que una voz refrigerada nos pregunte la orden y finalmente el número de nuestra tarjeta de crédito sin tener que salir de casa; donde podemos lavar la ropa en lavadora o mandarla a la tintorería a domicilio, preparar el café en una cafetera eléctrica que se apaga automáticamente. Visto así parece fácil vivir en el mundo moderno, pero nada que parezca fácil tiene que ser perfecto y menos cuando se trata de educar a un hijo.

Hace años pensaba en no tendría la hija que ahora tengo. Pensaba que no comprendí a los niños y que por lo tanto la maternidad no era una opción esencial. Además, en mi mente circulaba la idea de que este mundo estaba (y aún lo está) sobrepoblado, que hay muchos niños huérfanos que adoptar, guerras, catástrofes naturales, aire, agua y suelo contaminado, pocas oportunidades en relación a la calidad de vida. Y me desesperaba la idea de ser responsable de una vida humana que dependiera de mí en todo momento. Me aterraba el futuro y me preguntaba constantemente si yo sería una buena madre, si era el momento adecuado para pensar en criar hijos, si estaba preparada para darles todo lo necesario. Incluso, esas preguntas me las hago frecuentemente y todos los días. Tal vez no deje de pensarlas y no deje de cuestionarme. Tal vez eso me exija tratar de ser una mejor persona cada día y de veras que lo intento. Pero ahora comprendo que ese miedo que antes circulaba por mi cabeza no era para tanto, que tener miedo en el futuro es peor que no intentar vivir en el presente. Opté por una postura menos trágica: vivo el momento. Lo que hago hoy es más importante para mi hija que pensar en las cosas que haré mañana, porque lo del mañana es todavía una hipótesis. Y es muy posible de que hoy me duerma tarde y que mañana despierte en el año 2030 rodeada de robots caseros que harán mi desayuno con huevos y tocino artificial. Pero mi su sueño perfecto sería despertar convertida en un gato y rozar con mi cabeza y mi cola los muebles mullido que la hija que tuve como humana compró ayer. Ese sería una vida ideal y sin complicaciones genéticas, filosóficas e intelectuales.

Artículo publicado en la desaparecida revista Centroamerica21, en noviembre de 2008

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Esta entrada fue publicada en 25 enero, 2015 por y etiquetada con , .