KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

Un serie de catastróficas desdichas

1358738

Fotografìa vía google

Por Krisma Mancía

Cuando una persona está agonizando por una tremenda gripe, lo mejor es quedarse en cama con un libro entre las manos y si es posible con un buen libro de Lemony Snicket. Además es prudente tener sobre la mesita de noche un buen surtido de pastillas antigripales junto con una jarra de agua, abrigada con un buen suéter, una bufanda y cobijada con gruesas frazadas. También se recomienda estar equipada con una caja de pañuelos desechables, un juego de almohadas de plumas de ganso y calcetines rayados para evitar que la humedad de un día lluvioso no se cuele por los dedos de los pies y le enfrié todos los huesos.

Si una persona que se siente realmente desdichada y frágil de salud, después de un par de horas de leer una historia catastrófica de Lemony Sniket, uno comprende que una simple gripe no es nada comparada con las sombrías aventuras de Violet, Klaus y Sunny (los huérfanos Baudelaire) que, en su desesperante búsqueda por un tutor que se haga responsable de ellos, se enfrentan a la constante e inevitable maldad del villano, más villano del mundo: el Conde Olaf. Dicho conde despiadado anda detrás de los niños para arrebatarles la herencia millonaria que los padres les dejaron después de morir trágicamente en un incendió. No hay duda que desde la primera página Snicket te advierte que la historia no será agradable y que obviamente no tendrá un final feliz. Obviamente para entender el universo ficticio de los Baudelaire hay que leer la serie de trece libros desde el primer tomo, pero una de las características de cada libro es puede leerse individualmente y en un sólo párrafo enterarse de lo que sucedió en los libros anteriores. Para ser una serie de libros para niños (entre 10 y 12 años) el autor tiene el encanto de crear una historia capaz de atrapar a un adulto que lleva un corazón de niño. ¿O será que un niño tiene el corazón de un adulto? Pero esa visión del autor de hacerle la vida imposible a los personajes en cada libro, crea ambientes truculentos, situaciones desesperantes donde sólo la inteligencia, la astucia y la ilusión de una vida mejor salvan a los niños del peligro. Snicket no cree en la dicha ni en los desagradables y cursis finales felices a los que estamos acostumbrados en los cuentos de hadas, tampoco en la gente normal o en lugares bellos donde unos niños terriblemente educados e inteligentes merecen vivir. En cada libro se te advierte que no hay moraleja en la historia y te alienta a abandonarlo si no es de tu agrado. Pero el lector deduce que si la historia no fuera interesante, y no aprendieras nada de ella, no te dijera que la abandonarás. ¡La curiosidad mató al gato! Y el gato evidentemente no dejó de leerla, no se levantó de la cama para ir al baño hasta terminar de leer la última página. Luego el gato curioso concluye que ha sido acribillado por una enseñanza cruel: la vida no es fácil para uno persona que desea encontrar la felicidad. Agréguele al hecho de que la Muerte se ha enamorado de los hermanos Baudelaire y que para demostrar su amor extiende su repertorio de fallecimientos en cada lugar donde se encuentren. Amplié la historia con toques de abuso infantil como el trabajo forzado a cambio de un techo donde vivir, el hambre, el abandono y las prohibiciones que son impuesta por la gente adulta. Añada la cruel realidad de carecer de una sana educación sistemática en una escuela, que no hay posibilidad de superación, que la justicia nunca toma las medidas correctas para defenderlos y protegerlos de la maldad. Y el gato muerto de curiosidad se pregunta: ¿y no será que la vida real es así de violenta? Basta con salir a la calle y verla con sus propios ojos. Sencillo es encontrarse la miseria y dejarse atropellar por una bandada de niños explotados y adictos a las esquinas. Tan sencillo como pensar que a nadie le importa que esos niños tristes mueran por una sobredosis de parabrisas. El gato, que evidentemente no es un gato y que curiosamente tiene una gripe tremenda, se da cuenta que sus infortunios son pasajeros.

Cuando una persona está agonizando por una gripe de Grifo acompañada con un tos de Ave Fénix y está leyendo “Una serie de catastróficas desdichas”, sucede que el nombre de Lemony se asocia con el ácido sabor de los limones, sucede que recuerdas a Edgar Alan Poe por el apellido del señor banquero irresponsable que tiene a su cargo los asuntos de los Baudelaire (que consiste en proporcionarle a los huérfanos un buen hogar y proteger la herencia de los niños, niños que no serán capaces de obtenerla hasta que cumplan la mayoría de edad). Sucede que el apellido de los huérfanos corresponden al poeta Charly Baudelaire que junto a Edgar Alan Poe son calificados como “Poetas malditos”, termino acuñado por Paúl Verlaine para definir a aquellos escritores provocadores y desafiante ante la sociedad de finales del siglo XIX. Sucede que sientes un ambiente añejo de principios del siglo XX y que no dejas de identificarte con la narración fluida y despiadadamente sincera. Sucede que sospechas y buscas la ficha biográfica del autor al final cada libro y encuentras esto:
“LEMONY SNICKET nació antes que tú, y lo más probable es que también la muerte le llegue antes que a ti. Auténtico erudito en análisis retóricas, el señor Snicket ha dedicado lo últimos años a investigar las peripecias de los huérfanos Baudelaire. Los resultados de su investigación están siendo publicados por Editorial Lumen.”
“LEMONY SNICKET nació cerca del mar, y actualmente vive siempre entre dos aguas. Para horror y consternación, no tiene esposa ni hijos. Sólo cuenta con enemigos, asociados y, ocasionalmente, con algún criado leal. Su procesamiento ha sido propuesto, lo que le permite seguir investigando y escribiendo con toda la libertad las trágicas historias de los huérfanos Baudelaire para Editorial Lumen.”
Y no te cabe duda (por más gato ingenuo que seas) que Lemony Snicket es un seudónimo. Descubres, gracias a Internet, que Lemony Snicket no es Inglés como habías pensado sino que nació en San Francisco (California), que no es parte de los Poetas malditos del siglo XIX sino que es apenas tiene treinta y ocho años, que Lemony Snicket (nada más ni nada menos) es también uno personaje ficticio (importantísimo) para que llevara el hilo conductor de la historia, que el nombre real del autor es Daniel Handler, que hasta han hecho una película con los tres primeros libros de “Una serie de catastróficas desdichas” y que no te gusto porque Jim Carrey como el Conde Olaf te pareció una interpretación excesiva, sobreactuada, vulgar y estúpida del personaje, pero que adoraste a Emely Brownig (Violet) y a Meryl Streep (Tía Josephine) por sus actuaciones estupendas. Odiaste la película por Jim Carrey, pero amaste los libros, amaste a los huérfanos Baudelaire, amaste a Lemony Snicket, amaste tener una terrible gripe que no la deja dormir, ser dolorosamente feliz con uno libro entre las manos y no tener duda que estás ante un escritor estadounidense que llevará las riendas de un nuevo género novelístico. No sabes cual nuevo género novelístico se refieren los críticos, pero mientras lo averiguas estás siendo vilmente electrocutada igual que un gato curioso que descubrió los tomos de electricidad.

Columna publicada en la desaparecida revista Centroamerica21, en octubre de 2008.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 18 enero, 2015 por en Uncategorized y etiquetada con , , , .