Krismática

Breviario de Krisma Mancía

Prólogo del “Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas”

viaje al imperiodelas verntanas cerradas

Sí, pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras, las haga dentro de su casa, advierte Hamlet a Ofelia al saber que el padre de ella se ha retirado. Mientras retumban en su cabeza, por un lado, la muerte de Porfirio y, por otro, las voces del príncipe de Dinamarca, Ofelia se pierde en el Imperio de las Ventanas Cerradas. Ámbito de incomprensión y oscuridad. Las palabras que iban destinadas al progenitor las traspasa Krisma Mancía al ámbito semántico de esa Ofelia que, por la dureza de las circunstancias, se ve abocada a uno de los suicidios considerados por la medicina oficial de naturaleza femenina, frente, por ejemplo, el ahorcamiento o el disparo. En un trabajo reciente Ron M. Brown escribió que Ofelia anticipa la psiquiatría moderna y el concepto de suicidio como enfermedad o disolución del yo. Disolución además en su sentido estricto por lo que su muerte tiene, tal y como explica Gertrudis en la cita inicial, de secuestro dulce por las aguas. Las dos otras referencias que abren el libro de Mancía son igualmente significativas y marcan temáticamente el resto del poemario, lo que avisa de su unidad y madurez. La primera, firmada por Alejandra Pizarnik, apunta a una identificación desde la melancolía del yo poético con Ofelia, y la segunda, por García Lorca, al conflicto existencial (la sensación de vacío), al amoroso (recuérdense otros versos del poema citado: ¡Allí, león, allí furia del cielo, / te dejaré pacer en mis mejillas; / allí, caballo azul de mi locura, / pulso de nebulosa y minutero / (…) ¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme), y, por su pertenencia a Poeta en Nueva York, a la incorporación de lo cotidiano.

Estas coordenadas se van alternando tanto a lo largo del conjunto de páginas como en el seno de un mismo poema. El primero es suficientemente indicativo. Ofelia se levanta con la música de las máquinas, alusión esta última que remitiría al mundo de las columnas de cieno neoyorquinas, y más adelante: Y Ofelia está allí / ante un puente de algas / mirando cómo las ramas del sauce besan / las manos del arroyo./ Ofelia quiere ser el sauce para dejarse caer, en consonancia con la visión del desconsuelo y la entrega a la locura-agua-muerte de la que la escritora aspira a liberar a su personaje (Ofelia Ofelia / mirate / aún no te conviertes en locura / como pronosticó tu espejo de doble risa). El diálogo con el personaje shakesperiano se impone como trasunto del ejercido por la autora consigo misma (disfraz de mi alma, llega a llamarla), bien para identificarse con ella en el acto de muerte voluntaria, bien para interpelarla/se a fin de superar su fatum a través de la inserción en el mundo moderno: y este maniquí / es una blanca mujer a la orilla de una esquina / una sirena a media luz en el agujero de una vitrina / un cascarón de parafina que resguarda / un corazón de yeso/ y eso soy / aunque me llegue tu risa / desde lo más adentro de tu Imperio oscuro / y se desparramen tus mil brazos / en los fluidos de mis venas. Como denominador común de ambas realidades: la vivencia amorosa o, más bien, la de aquel desamor que olvida margaritas deshojadas. Los poemas retratan al fin un vaivén entre la voluntad de afirmación y la tentación de rendirse ante el abismo al que impele la llamada de sirenas desde el pericentro de la tierra. Trasunto de esa ambivalencia es el estilo en el que se combinan referencias a la vida diaria como limpiar la cajita del gato, rehaciendo en este caso la alusión en el texto de Gertrudis a estos animales, o imágenes surrealistas de claro cuño lorquiano como tenía las alas tan finas como navajas suspendidas o estrangula palomas ante la puerta de una catedral, o más nuevas aún como la de tener un cenicero aquí en la boca. Para acabar, no podía faltar tampoco la huella de Sylvia Plath (“Señora Lázaro”) o la de Vallejo en su advertencia ratificada (y te lo digo en serio) de suicidarse una tarde de invierno y en el rechazo a la vida burguesa. Bajo el dictado de estos precedentes, Krisma Mancía advierte de su vocación suicida, pues poco importa una muerte más. Tal como leemos unas páginas más adelante: Mil veces he muerto / y ya no hay espacio para mi cementerio. Sólo las aguas serán capaces entonces de absorber otro cadáver. Es así como, según escribe el mismo Lorca en “Fábula y rueda de los tres amigos”, también de Poeta en Nueva York, el desvanecimiento del “yo” se vincula con el recuerdo por parte del mar de todos sus ahogados y, en consecuencia, con el hecho de que Ofelia-Krisma-Pizarnik-amante alcancen a revelarnos la cordura de cualquier desintegración.

Marta Agudo

Barcelona, España.

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Esta entrada fue publicada en 10 enero, 2015 por .