KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

“O la lucidez desgarrada de Krisma Mancía”

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Indexados en la historia y en la poesía

Por Alfonso Fajardo

El Índice antológico de la poesía salvadoreña (1982), de David Escobar Galindo, constituye uno de los documentos más importantes para acercarse y conocer la historiografía de la poesía salvadoreña desde el siglo XIX hasta el año 1982. Después de 32 años de esa antología, nace el Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña (coedición de Índole Editores y Editorial Kalina), una publicación que ya era necesaria en virtud de las numerosas antologías sectoriales, generacionales, promocionales, personales y de compadrazgo, donde se suelen encontrar muchos poetas, pero poca poesía.

Ante todo, se debe dejar en claro que la selección de este Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña, de aquí en adelante únicamente llamado Segundo índice, no pudo estar en mejores manos que en las del joven poeta Vladimir Amaya, un poeta de la nueva generación que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, conoce la tradición literaria de El Salvador. Varias veces he escuchado de poetas amigos las historias de haberse encontrado con este joven poeta en librerías de segunda y tercera mano, buscando poesía salvadoreña para su lectura y para la elaboración de esta antología. El autor mismo lo señala en el prólogo: su primer acercamiento a la obra de los poetas antologados fue por medio de compras de libros de primera y segunda mano y de visitas a recitales. Es decir, estamos frente a un antólogo que se toma su trabajo en serio y que antes de recibir recomendaciones de terceros, o de incluir directamente a las amistades, va directamente a la fuente, que son los libros y la obra de los poetas. Conocer la historiografía de la poesía salvadoreña no es necesario para escribir poesía, pero si un poeta pretende hablar con autoridad sobre temas de poesía salvadoreña, lo mínimo que se debe exigir a sí mismo es el conocimiento de la historia básica de la poética de El Salvador, es por ello que estoy seguro que este Segundo índice no pudo estar en mejores manos, pues a pesar de la juventud de este poeta, ya ha demostrado, por medio de otras antologías, su dedicación al estudio y la sistematización de la poesía salvadoreña. Ahora bien, lo anterior no significa que el Segundo índice sea perfecto, pues a mi criterio tiene ciertos errores que, sin embargo, no demeritan el monumental esfuerzo y tampoco disminuyen el profesionalismo con que se hizo la selección y la edición en general. Ante todo, se debe celebrar el nacimiento de este libro que arrojará luces sobre el pasado e indicará el horizonte en el futuro.

NOTAS

El prólogo, las palabras liminares, introductorias o aclaratorias, suelen ser claves en una antología, pues en ellas se determinan los criterios de selección, se define la forma en que se seleccionaron los textos, y se reseña el período o los períodos temporales de toda la selección. En esta oportunidad, cabe señalar que a pesar que la portada de libro menciona un prólogo, en su interior en realidad lo que hay son dos grandes apartados: una «nota aclaratoria» y una «nota preliminar». En todo caso, estas dos notas ejercen la función de prólogo al libro, pues develan las claves de selección y otras interioridades de construcción del Segundo índice. Ambas notas, escritas por Vladimir Amaya, satisfacen el deseo por conocer cómo se seleccionaron los autores incluidos en el libro, pues delimita claramente cuáles fueron los criterios. Este punto es importante, pues ha habido antologías recientes, como la de Visor, que no han logrado explicar por qué se incluyeron a los poetas antologados y por qué quedaron fuera otros nombres. Para lo anterior no es necesario mencionar los nombres de los poetas incluidos y de los poetas ausentes, pero lo mínimo que se le debe exigir a un antólogo, es que explique cuáles han sido los parámetros, factores o criterios de selección, pues de esa forma el crítico literario, el estudioso de la literatura o el lector, tienen la oportunidad de valorar o criticar las inclusiones y exclusiones a partir de los parámetros mencionados. Así, Amaya menciona en total ocho criterios de selección para la edificación del Segundo índice. Entre criterios sumamente cuantificables y objetivos como estar dentro de los límites cronológicos (1955 y 1987), pasando por criterios medianamente objetivos como el hecho de tener una «trayectoria y reconocimiento válidos tanto a nivel nacional como internacional» hasta llegar a criterios que se acercan a la subjetividad como la «evidente calidad literaria» y la «claridad en su propuesta poética, variada, interesante y válida en términos literarios». En todo caso, lo importante es que el antólogo ha delimitado claramente cuáles son los criterios de selección que ha utilizado para escoger a los autores. Discusión aparte es si los autores incluidos realmente llenan esos ocho puntos para lograr ser seleccionados, pues en este apartado pueden existir muchas discrepancias, sobre todo cuando se trata de criterios subjetivos, que prácticamente constituyen un eje transversal no sólo en la literatura sino en el arte en general. Sin embargo, lo cierto es que por muy subjetivos que sean los criterios de selección, la objetividad es usualmente otorgada por el estudioso, por el académico de la literatura y, por qué no decirlo, por el mejor crítico literario que existe: el tiempo.

A pesar de que los criterios de selección son claros, Amaya admite que dentro de la selección existe un componente subjetivo muy propio del seleccionador, que en todo caso está sujeto al marco de referencia que el espacio-tiempo le ha pre configurado. Es decir, no se trata de una subjetividad absoluta sino más bien restringida. No obstante, es obvio que esta afirmación se debe basar claramente gracias al estudio de la poesía incluida dentro de la obra. En este punto, cabe destacar que Amaya, con toda razón, critica en la «Nota preliminar» a José Roberto Cea como responsable del libro Antología general de la poesía en El Salvador, por haber cometido más de algún «antojo» proveniente de la más vana subjetividad. Esta crítica, si bien totalmente válida, puede en determinado momento volverse en contra, pues esos «antojos» se descubren con cierta facilidad a la vuelta de los años.

Por otra parte, al ser una continuación del Índice de Escobar Galindo, Amaya recoge la misma sistematización que se realizó entonces, en el sentido que la antología es un «registro que da el tiempo y la historia en el transcurso natural de la vida». Esta repetición de la sistematización es un acierto pues la idea de una continuidad del Segundo índice se hubiese desnaturalizado fácilmente si Amaya hubiere escogido otra forma de vaciado del contenido. Por ejemplo, cuando Vladimir Amaya se refiere al número de poemas por cada autor, explica que este criterio también se encuentra en armonía con el Primer índice, en el sentido de que ello depende de las poéticas de cada autor, las cuales pueden ser más «visibles» y «desarrolladas» que otras. En este punto, es importante recoger lo que el antólogo establece en cuanto a las propuestas poéticas seleccionadas, pues a pesar de la apertura y de lo inclusivo de un libro como éste, las propuestas poéticas seleccionadas las entiende alejadas del facilismo y de lo superficial, citamos literalmente: «Cabe aclarar, aun siendo amplios esos niveles de apertura que se aplican a este índice, que se ha tenido el cuidado, así como lo tuvo su “hermano mayor”, de evitar aquellas propuestas inauténticas, superficiales y fáciles que siempre han gravitado junto al verdadero quehacer literario». Esta reflexión explica, en gran parte, el por qué algunos nombres no se encuentran incluidos dentro de este registro; sin embargo, quizá hubo que especificar aún más, para beneficio del lector, en qué consisten esos conceptos indeterminados como lo «inauténtico», lo «superficial» y el «facilismo». Para quienes llevan muchos años ejerciendo con depuración el arte poético, estos conceptos son claros y sabrán perfectamente a lo que Amaya se refiere, sin embargo, el futuro lector de esta obra se preguntará sobre la sustancia que subyace en el fondo de esos conceptos.

Vladimir Amaya, en la «Nota preliminar», hace un breve recorrido por la tradición poética de las décadas que van desde los setenta hasta la primer década del nuevo siglo. En términos generales, es un recorrido que refleja las principales características de cada «generación» o «promoción» de poetas en sus respectivas décadas. A mi parecer, una característica esencial del desarrollo de la poesía salvadoreña en las últimas décadas es la uniformidad del discurso y de las temáticas, sobre todo en las décadas de los setenta y ochenta. Pero también en las décadas posteriores se observa cierta uniformidad que parte de las ansias de ruptura con el pasado inmediato, pero que inexorablemente vuelve uniforme ese nuevo discurso. Así, se señala que en los setenta y ochenta las propuestas oscilaban entre la antipoesía y lo conversacional. Se señala, también, que en los noventa una veta neo existencial, rica en propuestas temáticas, era lo que predominaba, y que en la primer década del nuevo siglo el escepticismo como referencia temática, y las ambiciones estilísticas como estándar de calidad, han sido el común denominador. A pesar de este esfuerzo de generalizar o encasillar determinadas promociones mediante estos rasgos característicos, es imposible no referirse a una excepción a la regla que ha sido permanente dentro de la historiografía poética de El Salvador. Nos referimos a aquellos poetas que se salen de las estructuras conocidas en el momento que les tocó vivir y escribir, cuyas obras tienen rasgos diferentes a los de sus contemporáneos, tanto en su forma como en su fondo. La profundización del estudio de estos poetas es una tarea pendiente, pero es importante señalar esta excepción a la regla frente a este recorrido que hace el antólogo, un recorrido sumamente necesario frente a la avalancha de autores, temáticas, discursos y propuestas que refleja el Segundo índice.

POESÍA Y AUTORES

En cuanto al contenido poético del Segundo índice se refiere, hay ciertas cuestiones que son de destacar. Entre los primeros poetas del libro se encuentran Mario Noel Rodríguez y André Cruchaga, dos poetas ausentes de la antología La poesía del siglo XX en El Salvador (Visor Libros, 2012), una antología que pretendió resumir cien años de poesía, pero que fracasó en su intento debido, precisamente, a que no refleja criterios de selección y dejó fuera algunos poetas con igual o mayor trayectoria que algunos de los antologados.

Por otra parte, es interesante ver cómo el breve recorrido de las décadas que hace Amaya, en ocasiones no corresponde con la poesía publicada, pero ello no es una falencia sino una consecuencia, pues debido a que se trata de un «índice», pero que también se trata de una antología, era obvio que tanto seleccionador como autores desearan publicar lo mejor de cada obra, sin importar que esa obra corresponda o no a la década en que ese poeta surgió en el ambiente literario. Sin embargo, en la mayor parte del libro se siente ese vaivén que ha tenido la poesía salvadoreña en las últimas cuatro décadas y que Amaya narra, por lo que el lector podrá, la mayoría de las veces, constatar que lo que él narra es precisamente lo que sucedió en la poesía en estas décadas.

Es realmente interesante cómo la poesía salvadoreña ha venido cambiando desde los años setenta. Recordemos que el Segundo índice inicia justo donde el Primero se quedó, seleccionando a todos aquellos poetas que nacieron después de 1955, de manera tal que los primeros poetas seleccionados en el de Amaya se dieron a conocer dentro de la década de los setenta, cuyas características se encuentran de manera más palpable en el libro de época: La margarita emocionante. En los autores de los ochenta también se siente esa misma fuerza expresiva de la temática de la guerra que ya reflejó, en su momento, la antología Piedras en el huracán. Mientras que en los autores de la década de los noventa se empieza a vislumbrar un cambio de temáticas hacia un discurso más intimista, existencial y citadino. Los autores de la primer década del nuevo siglo, por su parte, profundizan en temáticas más intimistas, buscando cierta perfección estilística en el lenguaje. Un verdadero prisma de estilos, temáticas y propuestas es este Segundo índice. Desde la perfección de la métrica de Carmen González Huguet, pasando por la poesía de sombras de David Morales o la abundante metáfora de Otoniel Guevara, hasta llegar a la lírica de Carlos Clará y Osvaldo Hernández, o la lucidez desgarrada de Krisma Mancía.

Finalmente, resulta imposible no referirse a las posibles ausencias, y es que los criterios de selección señalados dan pie para recordar algunos poetas que de acuerdo a mi criterio –que nunca dejará de tener cierta subjetividad- cumplen con uno o varios de los criterios que señaló Amaya. Nombres como Wilfredo López, Enrique Sorto Campbell, Edgar Alfaro, Noé Lima, Pablo Benítez, Edenilson Rivera, Lauri García Dueñas y Luis Borja, creo que cumplen con uno o varios de los criterios de selección como para haber sido antologados. Estos poetas tienen similares, iguales o más credenciales que algunos de los poetas seleccionados. Estas, y otras ausencias que se pudieran mencionar, sin embargo, no afectan la voz colectiva, la calidad literaria ni la muestra general del libro. En términos generales, el Segundo índice cumple con su función de ser un registro de la poesía salvadoreña de los últimos treinta años, y ese es mérito de su seleccionador.

Columna publicada en ContraCultura, el 24 de noviembre de 2014.

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Esta entrada fue publicada en 25 noviembre, 2014 por .