KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

Sábana blanca

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Imagen: “Niña en el balcón”, del pintor Gustavo Poblete

Tengo recuerdos muy vagos de la guerra. Recuerdos personales. Casi estampitas de colección que forman parte de mi infancia mínima, como esas fotografías en blanco y negro que ahora cuelgan en los museos conmemorativos. Recuerdo a mi padre colocando una bandera, hecha con una barrilla y una sábana blanca, en el balcón de la casa. Yo le pregunté por qué usaba nuestra única sábana blanca y él respondió que era un símbolo que nos protegería para que no nos mataran, que eramos ciudadanos, gente de paz. Y las balas zumbaban cerca de mi nariz y desde el balcón podía ver a un “muchacho” esconderse detrás de un árbol de mangos y deslizarse con un fusil. Pero creo que mi bandera improvisada no lo protegió de la bala que le esperaba al final del pasaje.

Todavía me pongo en alerta cuando los aviones y los helicópteros pasan. Es difícil controlar el reflejo aprendido para esconderme debajo del pupitre, de la cama, de la mesa, o salir corriendo para buscar un lugar seguro (posiblemente debajo de las faldas de mi madre que siempre sabía donde ocultarnos de las ráfagas ciegas de las balas), porque jamás olvidaré la bomba que estalló en la cocina de una casa vecina. La bomba tenía el objetivo de liquidar a una barricada de “guerrilleros” ubicada a unos 10 metros más allá, pero el error humano hizo que una anciana muriera, y recuerdo a todos los vecinos tratando de derribar su puerta y de apagar el fuego con el agua que sacaron con cubetas, guacales y cántaros del tanque de mi casa.

Tampoco olvido el día en que mi padre se derrumbó en la gradas de la casa, ocultó entre sus manos callosas su cara y se puso a llorar, diciendo que todo estaba perdido y que nos iban a matar. Fue el día en que la guerrilla desocupó nuestra casa (donde habían comido tortillas y frijoles que mi madre preparó por última vez para ellos) y se fueron a combatir con la promesa de regresar con el grito “hasta la victoria siempre”. Nadie regresó. Mi padre dijo que los habían matado. ¿Y los niños?, pregunté, y nadie me contestó. Horas después los militares entraron y ocupaban nuestra casa como centro de vigilancia. Luego supe que se había cavado una fosa común a los pies de un conacaste y que allí enterraron a los niños, las mujeres y los hombres que comieron en nuestra mesa, durmieron en nuestras hamacas y oyeron con nosotros Radio Venceremos con una sed y una esperanza que jamás he vuelto a ver en mi vida. Jamás.

 Los militares no pidieron comida. Ellos llevaban latas norteamericana que calentaban en fogatas improvisadas en el jardín. Supe que eran norteamericanas porque un soldado sacó de su enorme mochila unas latas y las etiquetas estaban en inglés. Mi madre dudaba en aceptarlas pero teníamos varias semanas sin probar carne. Nunca olvidaré el sabor de esa carne que se devora con hambre. El hambre hace que todo sea delicioso.

 Mi padre decía en familia (y en secreto) que todo acabaría como en Nicaragua, pero cuando eres una niña no entiendes bien la palabra “revolución” y no entiendes cuál es el sonido de la victoria, ni el color de la fe. Para mí era común escuchar palabras extrañas como reclutamiento, masacre, francotirador, escuadrones de la muerte, represión… Estaba acostumbrada a los apagones de la energía eléctrica, a despertarme a horas distintas de lo habitual porque a cada presidente de la república se le ocurría cambiar horarios cada cierto tiempo, a estar en casa antes de los toques de queda, a bajar la mirada cuando los militares cateaban mi casa–sólo mi casa–, y le preguntaban a mi madre sobre los uniformes que mi padre usaba como empleado de la desaparecida IRA (Instituto Regulador de Alimentos).

 Un domingo me levanté con la leve sospecha de que mi madre estaba nerviosa. En efecto, minutos después mi padre le confirmó que en el punto de buses habían sido quemadas varias unidades y que habían logrado matar a algunos de los “muchachos” pirómanos. Mi madre preguntó con ansiedad: ¿Y Guayo?. Mi padre negó con la cabeza. Guayo, mi tío, no estaba entre los caídos. Mi madre suspiró aliviada. (Y muchos años después entendí porque a mi tío le temblaban las manos.) A mí no me bastó con el relato de ese incidente y le rogué a mi padre que me llevara a ver los “muertos”. Él bromeó con que lo haría. Abrió la puerta y me advirtió que si iba tenía que ver sangre, sesos en el suelo, miembros desmembrados y posiblemente reconocer a uno de ellos. Me ganó el asco y el miedo, y dejé de mostrarme valiente. Mi padre se rió. Aún dudo si él hubiera sido capaz de llevarme a ver los muertos en ese momento. ¿Quién sabe? La gente empezaba a ser insensible y cínica. Tan insensible y cínica que podían darse el lujo usar ropa civil, subirse a un carro particular y rociar con balas un bus en movimiento para dejarlo como colador. No importaba si la sangre que saliera de allí era inocente. Lo importante era causar miedo, tal vez divertirse, gastar balas, probar puntería, dejar claro que estábamos en guerra y que eso no lo debíamos olvidar.

 Nunca vi un muerto en la calle. De eso estoy segura. Mi madre tuvo el cuidado de cubrirme los ojos en el momento preciso, sin embargo fue difícil taparme los oídos. Y aunque no miraba los muertos en la calle, imaginaba las escenas: la muchacha que encontraron a la orilla de un río, denuda, violada y con los senos mutilados; las cabezas que dejaban en los puentes; las ratas de las cárceles clandestinas; los hombres sin piernas ni brazos y con papeles en la boca o carteles colgados en el cuello que decían “por guerrillero”, que se dejaban aquí y allá como grotescas obras de arte.

 Han pasado veinte años desde que las balas dejaron de zumbar cerca de mi nariz. Tenía 11 años cuando se firmaron los Acuerdos de paz. El año de 1992 empezaba con el silencio de las armas y mientras miraba por televisión el momento histórico que marcaría lo que significaría vivir en paz, yo me preguntaba cuánto tiempo duraría ese silencio, si lograríamos olvidar, si podíamos regresar a los desaparecidos… No sabía cómo sería vivir en paz o si eso mejoraría (o empeoraría) nuestra condición de familia obrera. Le dije a mi madre que cuando creciera sería corresponsal de guerra y que viajaría a lejanos países en búsqueda de la verdad y de la bala que me mataría en el cumplimiento de mi misión. Años después, mi madre me preguntó si todavía tenía la intención de ser periodista. Le recordé que mi padre había colgado una sábana blanca en el balcón como símbolo de paz. Y sé que aún es difícil vivir en una paz relativa con tantas heridas abiertas, con tanta miseria, con tantas promesas sin cumplir… Sólo sé que seguimos luchando.

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Esta entrada fue publicada el 16 enero, 2012 por en Uncategorized.