KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

De la viudez, el cáncer y otras reflexiones sobre el proceso de luto

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Fotografía de René Figueroa

Por Krisma Mancía

Siempre hay miedo a expresar lo que obviamente duele el luto y a producir en los demás esa lástima despectiva a donde toda viuda es sumergida. Yo no quiero que nadie me tenga lástima ni mucho menos que me vean como un ser débil e indefenso que perdió a la persona que más le amó, le protegió y le enseñó a ver la vida más allá de la venda transparente que todos llevamos en los ojos. Pero he decidido escribir y compartir este dolor para sanar, porque el proceso de recuperación es doloroso y lento. Recuperar, rediseñar y reconstruir la vida no es una tarea que hace de la noche a la mañana.

Es interesante ver las reacciones de la gente cuando se enteran de que soy viuda. En mi caso, el choque de la viudez me impacta en la nariz casi todos los días, y no falta la persona que me diga: “… y tan joven! ¡Vuélvase a casar! ¡No sea tonta!”. Tampoco faltan los comentarios de sorpresa porque yo dejé de llorar por él, porque saqué un pie de mi habitación, porque busqué un motivo clave para vivir y le hice frente a la adversidad. Rafael me decía que tuviera valor y dignidad ante las oportunidades. ¿Y por qué no? ¿Por qué no intentarlo? Y he entendido que las viudas llegan a tener un proceso extraño para acoplarse de nuevo a la sociedad. No es fácil, porque es iniciar otra vida desde cero.

Tal vez el proceso es semejante a sufrir un divorcio. Las reglas cambian y el estilo de vida que antes tenías se derrumba poco a poco y no lo puedes evitar. No se puede cambiar la realidad y eso es más doloroso que la ausencia del ser amado.

Entiendes que, no puedes negar que existe depresión. No puedes y no debes negarlo. Negar que extrañas su presencia es lo más rudo a lo que te enfrentas, porque es romper con un hábito rutinario de convivencia. Aceptar que hay depresión es ayudarse a levantar la cabeza. La depresión lleva a inmovilizarte, a caminar en círculos y esquemas mentales que no son nada sanos. ¿Qué si pensé en dejar de existir? Sí, lo pensé y muchas veces. Era una forma de estar con él.

Luego entiendes que, los amigos no son herencia, pues las relaciones de amistad no se pueden pasan de una persona a otra. Es la realidad más triste a lo que te enfrentas. Sus amigos siguen siendo sus amigos y a ti simplemente te respetarán por haber sido su esposa, y son pocos a los que puedes conservar y “reentablar” la relación de amistad desde otro punto de vista. Entiendes que nada será lo mismo. La casa será visitada por otro tipo de gente, por otros amigos que vas haciendo en el camino. Los enemigos que él tenía tampoco te pertenecen. Tienes que dejar claro que tú eres otra persona, que los problemas de relaciones conflictivas se murieron con él.

Tampoco puedes vivir de sus recuerdos toda la vida. Juro que lo intenté, pero es mejor deshacerse de todo aquello que duele (incluido fantasmas) y hacer una limpieza profunda del armario. No fue borrar su presencia, fue limpiarme y fue mi forma de empezar a sanarme. Sin embargo, existe en mí el último recuerdo de él, quizá el más doloroso, el que posiblemente nunca olvidaré, y fue el momento de cerrar sus ojos cuando le dije adiós para siempre. Trato de sustituir esos recuerdos de sus últimos días por otros recuerdos más luminosos, más bellos, como la gente te recomienda, pero no se puede vivir de recuerdos. También la realidad es que su muerte aún está fresca y que aún escucho su voz del otro lado del río.

No sé cuándo voy a sanar del todo, mientras tanto lucho por equilibrarme cada día y me enfrento a situaciones sociales muy complejas como ese estigma de que una mujer recién enviudada es comentario de lástima por la falta de hombre a su lado. La sociedad desvalora a las mujeres solas y las madres solteras como si algo no funciona a plenitud en ellas. Como si tener un hombre a tu lado es la llave que abre todas las puertas y soluciona todos los problemas morales, éticos, económicos y sociales; como si las viudas son fenómenos de feria, personas discapacitadas a las que debes sentir lástima, o enfermas mentales incurables. La sociedad es cruel también con los niños huérfanos. Recuerdo el día en que Valeria regresó llorando de la escuela cuando sus compañeros de clase se burlaron de ella por no tener papá y le gritaron la canción de: “ya no tiene papá, ya no tiene papá, ya no tiene papá”. A esas situaciones tienes que enfrentarte todos los días como mujer viuda y madre soltera recién estrenada de una niña de siete años. Luego te acostumbras y hasta aprendes a bromear con eso. Haces del humor negro un arma de defensa que pocos entienden. Valeria lo hizo bien cuando trataron de volverle a gritar la cancioncita y con una mirada medio altanera les dijo: “jajá, ¿si no tuviera papá cómo hubiera nacido?”. (Linda, ¿no?)

También uno se fija en los pequeños detalles y hasta en lo paradójico que resulta cuando una viuda decide erguirse sobre sus piernas débiles, que empieza a dejar el suelo y que se recupera poco a poco, surgen los murmullos de que su rápida recuperación, su inserción a la sociedad productiva, es prueba suficiente de que quizá nunca quiso a su pareja fallecida, que es egoísta, que ya lo olvidó, que se maquilla y se viste bien para atraer a otro víctima a sus redes de viuda negra. Y es así… porque las viudas deben ser viudas para siempre y nunca sentirse bien con ellas mismas, nunca. Por eso en el pasado se morían de llanto encerradas en su casa o que se les quemaba -todavía se hace- vivas junto al cadáver de su marido.

Las viudas también llegan a igualarse a las madrastras malvadas de los cuentos de hadas y se le viste de negro, se les tacha de inútiles, se les manda a morir de hambre y a rezar a los santos. Y, por supuesto, también son blanco fácil para acusarla de poseer extraños poderes sobrenaturales de manipulación, se les tildan de usureras… y hasta se les puede culpar de la muerte de su marido. No dudo que alguna de estas características me las han otorgado en el imaginario de muchas personas que no me conocen o que siemplemente lo andan diciendo para desvalorar y difamar mi imagen y mi nombre. Y que se atrevan, los hipócritas, las víboras, a decir esas blasfemias y verán cómo les va. No tengo marido, pero sí tengo diez uñitas…

Confieso que no hay día ni noche en que no me acuse de no haber hecho algo más para salvarle la vida a Rafael. Reflexiono sobre los errores, sobre esos pequeños descuidos a los que incurrimos y que se fueron acumulando hasta convertirse en problemas mayores. Sé que el sistema de salud nos falló. Sé que fallé, fallamos, al no exigir más atención ante la evidente deterioro físico. Creo que en el fondo ambos sabíamos que íbamos a perder la guerra contra el cáncer, porque en cada batalla íbamos perdiendo cada vez más recursos, más voluntad, más tiempo y más esperanzas. Reflexiono qué haría yo si me llegan a decir que tengo cáncer, quizás no haría lo que Rafael intentó: salvarse con sus propios medios. Pero aunque intentes, no te salvas del dolor. El dolor es el miedo más grande que hay. Y si te salvas siempre pierdes una parte de tu cuerpo, el cáncer se encarga de mutilarte para siempre. Yo no haría nada. No gastaría ni un centavo para salvarme el pellejo. Arreglaría mis cosas, tomaría mis maletas, mis ahorros y a mi hija, abordaría mi primera limosina y viajaría por última vez. No soy tan valiente como él que luchó hasta el último latido. Yo, en cambio, lucharía por tener la oportunidad de que mis días fueran de calidad. Total, en el siglo pasado y mucho más atrás, la gente se moría de cáncer o de peores pestes que aún no tenían nombre y en sus actas de defunción escribían: “Muerte natural”. Hermosa frase, ¿no?

Y para terminar quiero agradecer a la gente que estuvo, está y estará siempre conmigo y mi familia en estos momentos difícil. Gracias por las llamadas telefónicas, las visitas sorpresivas para saber si aún estoy con vida. A las personas que me rescatan de morir de inanición, que me prestan la plata para pagar la casa y los servicios básicos cuando no hay ni un centavo en el bolsillo. Los que son pacientes con mis quejas desesperadas, que le hacen a veces de psicólogos, que me escuchan y no dejan de responder mis llamadas ni mis correos electrónicos. Los que no me dejan sola. Los que no me juzgan por tener errores humanos. Los que no son hipócritas. Los que me quieren bien. Es una lista cortita de nombre que debería poner aquí, pero no les haré eso porque cuando lean esto sabrán que es para ustedes y que se les agradece mucho, que aquí voy poco a poco, rascándole, sobreviviéndole. Pronto me equilibraré ante la crisis. Espero que sea pronto, eh. Porque gracias a ustedes he decidido vivir cada día como si fuera el último, hasta que el último decida venir. ¿La felicidad? Esa siempre está conmigo. No tengo que buscarla. Está en la sonrisa de mi hija, frente a un café compartido con una amiga de la infancia, en el saludo amable de un compañero de la oficina, en la contemplación de un atardecer que pasa sobre la mesa de la cocina, en esas pequeñas cosas que nos hacen sentirnos vivos. Pretendo vivir al limite y responsablemente. No pararé. Ya me ahogué en llanto. Me subo las mangas de la camisa y manos a la obra: es hora de vivir.

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Un comentario el “De la viudez, el cáncer y otras reflexiones sobre el proceso de luto

  1. yessenia
    23 enero, 2015

    me llego al corazon la admiro y de mujeres como usted tomo ejemplo para seguir y levantarme la admiro mucho bendiciones

    Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en 6 agosto, 2011 por y etiquetada con .