KRISMÁTICA

El tintero de Krisma Mancía

XXXII Feria del libro en Argentina: Los libros hacen historia

Un día de tantos fuimos a la Feria Internacional del Libro instalada en la Feria Internacional de El Salvador para la presentación de un nuevo libro de Manlio Argueta. Fuimos con hija y todo. Valeria se enamoró del espacio de los niños. Estaba feliz con la mariposita que una muchacha le coloreó en su mano derecha y por poder hacer lo que sabe: rayas en el papel. Cuando se hartó, como a los quince minutos, nos dedicamos a ver los stands. No había mucha gente, y en diez minutos ya lo habíamos recorrido todo. Después anduvimos hojeando libros y, cuando al fin nos me decidí por un libro de colorear, la vendedora nos dijo “ya estamos cerrando” (¿A las ocho de la noche?) Mi expresión fue la de sorpresa. Salí de la feria sin el libro de colorear en la mano y recordando, más bien añorando, mi experiencia en la Feria del libro en Argentina. No hay comparación. En realidad no hay comparación. Excepto decir que la Feria del libro en El Salvador es un esfuerzo titánico y de muchas agallas. No lo puedo comparar con la de Argentina, que llevan 32 años realizándola anualmente. Espero que entre unos años más la impresión sea otra y que estemos al nivel de otros países. Espero que la gente se interese más por la lectura, que no sólo se ocupe un pabellón para las exposiciones, sino que todos los pabellones estén ocupados por diferentes editoriales de todo el mundo, que sea una fiesta en homenaje a las letras, una verdadera fiesta.

Al regresar de Argentina escribí el siguiente texto, que refleja mis impresiones:

XXXII Feria del libro en Argentina: Los libros hacen historia

En el marco de la XXXII Feria del libro realizada en Buenos Aires, Argentina, los salvadoreños cerraron el evento.

Buenos Aires, ciudad cosmopolita, tierra de Córtazar, edificios, subterráneos y tango. Al estar en Buenos Aires entiendes la nostalgia de Borges y de su deseo infinito de volver a empaparse de las imágenes maravillosas, donde el bien y el mal caminan de la mano, y donde entiendes la vida en sus dimensiones más inmensas. Buenos Aires fue para mí una experiencia exquisita, no sólo por su comida y sus deliciosos vinos, sino más bien por la amabilidad que me entregó en XXXII Feria Internacional del Libro con el lema “Los libros hacen historia”, donde al cierre de las actividades El Salvador tuvo el honor de poner un toque tropical.

La Embajada de El Salvador en Buenos Aires tuvo la cortesía de invitarme a ése evento. Para empezar, el viaje a Argentina fue largísimo. Argentina es un país grande, con calles inmensas donde en cada esquina hay algo bello. Una ciudad elegante que vive de sus glorias pasadas, pero también con la mirada puesta en el progreso. El 6 de mayo llegué a Buenos Aires a las 3 de la mañana. Un tipo de la migración me detuvo. Revisó mi pasaporte detalladamente y después de varias preguntas por fin me dejaron pasar a recoger mis maletas. A la salida del Aeropuerto no encontré al chofer de la embajada que de seguro estaba ahí, pero me entró una desesperación inexplicable y por los nervios abordé uno de esos taxis negros que no paró hasta llevarme a la casa de Nicolás Doljanin, un amigo de la familia, que vive entre Belgrano y el Barrio Boedo. Llegué justo a tiempo para observar el despertar del sol y sentir el frío suave de la madrugada. Estaba ahí, protegida por Nicolás y totalmente a salvo. Si embargo, no entendía muy bien qué había pasado con mi acento salvadoreño. El cambio brusco, el choque cultural impresionante de encontrarme en otro país, sola, me convirtió un camaleón y afectó mi forma de hablar. De repente me encontré con un acento tan parecido al argentino, una mezcla medio chistosa, que me hacía reír y a la vez me asustaba cuando abría la boca.

¿Qué hacia yo allí, caminado sobre Boedo, un sábado por la mañana, con la mirada asombrada ante una venta de frutas, un kiosco de revistas, comprando cigarros con la moneda local y entando a una cafetería que sirve café tostado con azúcar? ¿Qué hacia? Yo, que nunca había atravesado medio continente, que nadie hubiera dado, hace 5 años, un centavo por la niñita que escribía poemitas y que tenía sueños imposibles. Esa vez me encontraba respirando otra atmósfera, pisando otro suelo, escuchando otros acentos de voz. Y fue así como la ciudad se me fue abriendo.

Al mediodía del día siguiente llegaron por mí. Ahora sí encontré al chofer de la Embajada en la puerta de la casa de Nicolás. No podía contener la ansiedad por conocer a Carmen Rivas, cónsul, la culpable de que estuviera allí, y al embajador Guillermo Rubio. Después de conocerlos y de conocer las instalaciones de la embajada, mi curiosidad se centraba en la Feria del Libro. Ya había estado en las mini Ferias de libros realizadas en El Salvador, y sólo como publico, pero nunca me había topado con una gigantesca instalación, donde los libros eran los actores principales, ni mucho menos como la invitada especial que dictaría una conferencia. En la feria había libros hasta el cansancio. Editoriales de todos los rincones del mundo estaban presentes. Libros para todas las edades, libros de teatro, de literatura, de poesía, de historia… hasta más no poder. Y por fin arribé al stand de La República de El Salvador, era pequeñito al lado de los enormes stands que la rodeaban, pero muy cómoda y sencilla como un salvadoreño promedio.

En aquel stand se representaba una parte de mi país. Entre sus estantes encontré una exhibición de libros de diferentes escritores salvadoreños y sobre una mesita estaba los paisajes hermosos de El Salvador. Y la gente pasaba, se detenía y preguntaba. La curiosidad era enorme.

Es cierto, como pueden imaginarlo, que en ese stand de El Salvador no se vendían libros, porque ésa no es la función de la Embajada. Su papel es apoyar iniciativas de promoción y proyección artística, y en esta tarea se encontraba: abriendo espacios nuevos que difundieran la cultura salvadoreña. El problema radica en la distribución de los ejemplares. La Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), la editorial más importante y más fuertes de El Salvador, tiene en su poder un gran número de publicaciones de autores salvadoreños, pero tiene una dificultad para la distribución y venta en lugares extranjeros. Se espera que próximamente se tenga aprobada la propuesta de la renovación del Decreto 11, donde las dificultades de distribución sean mínimas y más autónomas para llevar el libro salvadoreño a todas partes del mundo. Sin embargo, se quiera o no, El Salvador fue único país centroamericano que estuvo presente y que llevó a cabo diversas actividades.

Un día antes de mi conferencia descansé. Descansar es un decir, pues recorrí una parte de Buenos Aires y me dediqué simplemente a ver. Hacia frío, un frío que nunca había sentido en mi frente, ni en mis manos. Recorrí todas las veredas que pude protegida por nuevos amigos. Y Paola Quintanilla, personal de la Embajada, me hizo conocer el cementerio de la Recoleta con sus innumerables tumbas protegidas por la magia de los gatos. Gatos gordos e indiferentes ante las cámaras fotográficas que se dejaban acariciar por las criptas.

El lunes 8 de mayo ya estaba preparada para la conferencia. “La poesía de posguerra en El Salvador” era el tema y era un reto. ¿Cómo hablar de un nuevo movimiento de jóvenes que tenían el fin reunirse para comentar de poesía? ¡Y qué poesía!

Los argentinos pensaban que Krisma Mancía no había llegado, pues debía de ser una mujer alta como de unos 35 a 40 años, y yo pues ni en sueños llego a ser una de ésas. La admiración surgió cuando subí a estrado y me senté junto al embajador. Murmullos se escucharon. ¿Ella es Krisma Mancía? Y Krisma Mancía se miraba chiquita en aquella enorme mesa y junto al embajador, que no es nada bajito. Mi conferencia no era más que una excusa para llevar noticias del quehacer literario y de cultural actual. Hablé de lo que sabía: de los esfuerzos en La Casa del Escritor (un espacio cultural abierto por el gobierno a través de CONCULTURA) y de los nuevos grupos que se están formando en universidades, círculos literarios y en Casas de la Cultura de todos los puntos del país, donde se reúnen varias personas a conversar de literatura, y sobre todo donde encontraban jóvenes con una capacidad sorprendente y con una sed por aprender. Mientras leía mi ponencia yo temblaba como un pollo con sudadera. Terrible.

Al final hubo una conversación muy interesante. Hubo preguntas acertadas, no sólo de literatura sino de las artes en general. Salvadoreños como argentinos querían saber más de lo que está pasando en un país con apenas 14 años de paz. Un país que fue atacado por la guerra y que durante ella sufrió un retroceso cultural y social de 30 años, y lo asombroso que puede ser la reconstrucción de los daños. Tanto era el interés que nos pasamos de la hora y lo peor es que esperaban afuera de la sala los de la otra conferencia. Me tarde otros minutos más donde leí un poema mío y firme algunas autógrafos para la gente que se acercaba.

Por supuesto, después de la conferencia me dedique a lo que hacen los turistas: a comer (los argentinos saben cocinar y saben de vinos), a recorrer los centros turísticos, y a comprar menudencias para la familia (que nunca está de menos). Tomé varias fotografías y aprendí, más o menos, a tomar el subterráneo y los colectivos. Jorge Basilago, un amigo argentino hizo de guía turístico, me llevaron a la Casa Rosada, a La Boca, Puerto Madero, al Rosadal y al Zoológico de Palermo. Isabel Quinteros, actriz salvadoreña radicada en Buenos Aires desde hace mucho tiempo, me mostró el místico San Telmo y conversamos horas en su hermoso apartamento. También Carmen Rivas. la cónsul me llevó a La Plata. En algunas ocasiones anduve sola hasta las 3 de la mañana sintiéndome tan cómoda, sin miedo, como si caminara en mi casa.

Después de 10 días en Buenos Aires la visión del mundo se me amplio. Antes, para mí, San Salvador era el centro del universo donde todo pasaba vertiginosamente. Ahora sólo tengo la certeza de que el destino puede llevarnos a la inmensidad de las cosas. Los sueños se pueden cumplir. El trabajo puede dar frutos, y las ideas pequeñas se pueden convertirse en grandes proyectos de vida, de país, de historia.

Y aquí algunas fotografías:

Abraham Daura, quien recitó pasajes de la obra infantil

de Claudia Lars en el espacio de la Dirección General

de Educación y Cultura de Argentina.

Abraham Daura, quien recitó pasajes de la obra infantil

de Claudia Lars en el espacio de la Dirección General

de Educación y Cultura de Argentina.

 Entrada principal a la Feria del Libro.

Stand de La Republica de El Salvador en la

XXXII Feria Internacional del Libro, Buenos Aires.

Wendy y Paola Quintanilla

El Embajador Guillermo Rubio Funes me acompañóen la mesa e introdujo la conferencia titulada”La poesía Posguerra en El Salvador”.

 

Intercambio con el publico.

Cena. Después de la conferencia, una ricacena al estilo argentino. Pedí un arroz con calamares. Me acompañan Carmen Rivas (Consúl) y Mauricio Hérnandez.

 

Krisma de turista en Palermo, Buenos Aires.

 

En La Boca.

Jorge Basilago, periodista. Gran amigo y guía.

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Esta entrada fue publicada en 26 febrero, 2006 por .